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Cáncer de Trópico

19 Ago

Desde el instante en que empujas la puerta descubres que algo no anda bien. Ahora mismo deberías sentir el cambio de atmósfera, la variación de temperatura que dé un respiro a tu piel maltratada por el sol. Deberías sentir la climatización de un local donde se paga con la moneda fuerte de tu país.

Y sin embargo, adentro te espera un calor tan intenso como el de afuera. Quizá mayor.

El dependiente, un mulato delgado, lleva la camisa bien abotonada como el reglamento lo exige. Por debajo de las axilas, el color azuloso se advierte más oscuro: el sudor le corre hacia las costillas, le obliga a despegarse la tela del cuerpo una y otra vez mientras realiza las operaciones de caja.

Le pides un refresco, y pones sobre el mostrador el peso convertible que equivale a dos días de tu trabajo. Sabes que es un gasto que no puedes permitirte con frecuencia, pero el clima es desesperante y por momentos te obliga.

Cuando alcanzas la lata crees que se trata de un descuido:

–   No está frío, amigo, ¿me lo puedes cambiar?

Su respuesta, algo indiferente, es la de quien ha debido repetirla en incontables ocasiones:

–   Todos están así. El reglamento de ahorro nos obliga a poner las neveras al mínimo de temperatura, por eso no llegan a enfriarse de verdad.

Todavía sostienes la lata en la mano. Sabes que no es lo que tus labios esperan para mitigar la sed. Sabes que te vas a arrepentir de haber pagado tu salario de dos días por un líquido que no disfrutarás. Pero intuyes que te ocurrirá lo mismo en todos los puestos a los que entres.

Solo por curiosidad le preguntas:

–   ¿Y en todos los lugares es así?, o sea, ¿es una orientación que se les dio a todas las unidades?

–   No solo a todas las unidades que venden en divisas – precisa. – Sino a todos los locales con sistemas de refrigeración, sean lo que sean. Aquí, por ejemplo, de las doce horas que trabajamos solo podemos utilizar el aire acondicionado cuatro, y las neveras deben estar en el mínimo de temperatura.

Miras alrededor: no hay una sola ventana. No hay un hueco por donde pueda filtrarse una ligera brisa que aplaque el sopor. Piensas en tu oficina, que jamás tuvo climatización, pero que al menos tiene una ventana de consolación por donde miras a lo lejos, y que de vez en vez te alivia la frente.

Le agradeces, no devuelves la lata, sales con prisa de aquella cafetería demasiado parecida a un crematorio. Terminas el refresco sin muchas ganas, casi por compromiso con el dinero gastado.

Desandas la ciudad sin mucho que hacer, pero ahora comienzas a fijarte en todo a tu alrededor. Un Banco Popular de Ahorro, por ejemplo. Diseñado por razones obvias como una fortaleza de concreto, apenas sin ventanas para la ventilación natural. Adentro, las consolas se cubren de telarañas. No lo sabes porque no llegas a preguntarlo, pero aquí ya se prohibió el uso del aire acondicionado de forma permanente.

Cientos de personas esperan su turno para acceder a las ventanillas. Cientos de trabajadores pasan sus ocho o diez horas ahí dentro, recibiendo y entregando dinero. El calor se multiplica por la aglomeración de tantos cuerpos.

Empujas otra puerta: otra tienda en divisas. Esta vez no te sorprende la atmósfera asfixiante, pero un nauseabundo olor a aromatizantes concentrados, junto a la humedad del sudor general, te hacen salir de inmediato en busca de oxígeno.

Recuerdas cuando, unos años atrás, las autoridades nacionales anunciaron que el final de la crisis energética en Cuba había llegado a su final. Movilizaron al país, pusieron a las cuadras en pleno jolgorio.

Les quitaron a todos sus ventiladores improvisados, sus refrigeradores, sus televisores. Bajo el eufemismo de “cambio”, les vendieron otros equipos nuevos, comprados en China. Les vendieron hornillas eléctricas y ollas para hacer el arroz. Es cierto que antes habían aumentado notablemente las tarifas de la electricidad, pero bueno, parecían ser pasos de avance. Recuerdas haber sentido una vaga ilusión de prosperidad.

Se le dedicó el nombre de un año a la iniciativa. El 2006 se llamó “Año de la Revolución Energética”.

Y todos los cubanos, tú incluido, pensaban las eras de apagones sin final, de ahorros implacables, como un pasado remoto. Un pasado al cual parecía que no regresaríamos jamás.

Hoy todos los sitios están atenazados por el ahorro. Oficinas atestadas de computadoras y equipos con necesidad de climatización. Cafeterías con productos que se deben expender fríos. Puestos de trabajo donde no aliviarles las horas a los empleados, es una práctica inhumana.

Entonces, ¿qué ha sucedido esta vez? ¿Qué falló nuevamente?

Sabes que no tendrás respuestas a estas interrogantes. Que en caso de pedírselas a alguien, tendrías ante ti una sarta de justificaciones (el criminal bloqueo imperialista, la crisis mundial, los reajustes de nuestra economía) que podrías recitarte tú de antemano.

Por eso dentro de muy poco regresarás a tu hogar, a tu propia burbuja de calor y agotamiento. Tú, como tantos otros, ya perdiste las esperanzas en el progreso.

Sabes que mañana, quizás, el asunto energético se soliviante por alguna vía impensable, pero después faltarán los neumáticos y todas las guaguas del país se paralizarán, o la sal desaparecerá de todas las bodegas y todas las tiendas en divisas, y habrá que cocinar adaptando el paladar a la emergencia.

Demasiados años de entrenamiento para pecar de ingenuo.

Mientras vuelves sobre tus pasos adviertes que el refresco que pagaste, por estar caliente no te quitó la sed. Adviertes, además, que las otras insignificancias que saliste a buscar en las tiendas tampoco las pudiste encontrar. Y que llegarás a la casa con la piel un poco más chamuscada por el sol.

Lo único que pides es que nadie, absolutamente nadie, se te cruce en el camino con alguna frase ofensiva, un desplante, un motivo de discusión. Tampoco tu familia, tus amigos.

Tú no lo sabes, tú crees que el desánimo que llevas dentro es algo sin importancia. Pero en este preciso segundo eres un enfermo de cáncer tropical, un arma cargada en busca de una razón que termine de pulsarle el gatillo.

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5 comentarios

Publicado por en agosto 19, 2010 en 02 Agosto

 

5 Respuestas a “Cáncer de Trópico

  1. mayra

    agosto 19, 2010 at 9:55 pm

    Es duro pasar dia a dia sin la esperanza de que un dia al abrir los ojos todo haya cambiado.Pero no dejes que te quiten las estrellas de los ojos.un abrazo sudoroso:)

     
  2. Clara Irma Labaut

    agosto 23, 2010 at 6:31 pm

    Muy buenos tus comentarios, hoy estuvo tu Mama Hidelbita con tu Novia en mi casa, almorzamos juntas, yo soy tia de Neidita de vecina de tu abuela, yo conosco a tu mama desde que yo era una jovencita, saludos Clara Labaut

     
  3. freddzcuba

    septiembre 6, 2010 at 11:21 pm

    Solo te quiero darte unas señas, pregunta en R. Dominicana, sobre los apagones, en Africa y en muchos paises,
    O tu estas como tu colega Yoani Sanchez que cuando la entrevistaron sobre el bloqueo y otras cosas cree q eso no afecta el pais, tu no sabes lo que es el bloqueo? si no estoy de acuerdo que muchas cosas se la atribuyan al bloqueo, pero el BLOQUEO si existe y nos daña por muchos lugares, los ciclones que despedasaron a Cuba, tampoco pasaron? en fin tantas cosas que de esa indole que nos hacen ineficientes aparte las propias deficiencias q no la tienes en cuenta, por favor pequeño hermano informate mas, por favor

     
    • elpequenohermano

      septiembre 7, 2010 at 11:13 am

      1. No dudo que en R.Dominicana haya apagones. Y que en África no haya apagones porque en muchos lugares no hay electrificación siquiera. Pero ver que haya casos peores para no resolver los nuestros, es un necio consuelo.

      Que los derechos humanos en Corea del Norte, por ejemplo, sean aún más pisoteados que en Cuba (como de hecho es) no es razón para que no aboguemos por el respeto a los nuestros.

      2. El bloqueo sí existe, sí afecta a la población cubana. Y mucho. Sobre todo, en dos sentidos fundamentales: 1. en las privaciones reales que se padecen por su causa, y que al final afectan al humilde y no al dirigente, y 2. porque gracias al endiablado bloqueo, el Gobierno cubano tiene un justificante para encubrir sus pésimas gestiones con la economía cubana.

       
      • MAURICIO

        octubre 19, 2010 at 12:18 am

        Me dirijo al antiguo “Tent Cents” . Otrora súpertienda “Woolwort”,para ver qué podría interesarme de la oferta del archi-famoso lugar que hoy obstenta el rimbombante nombre de ¿VARIEDADES? .
        Mi primera impresión al entrar al lugar fue el desagradable olor que se respira en el local , el calor y la oscuridad.
        El local se encontraba semivacío. Había unas cuarenta personas en total, pero debo decir que el local era una de las tiendas más grandes de la Ciudad de la Habana.
        Había unos seis puestos, uno donde se venden camisetas con los colores de los diferentes equipos de la Serie Nacional de Béisbol; otro donde se venden artículos de plásticos, escobas, palanganas y otras cosas que de veras no sé describir ni conozco su función; uno de productos cárnicos con una buena cola donde se vendían jamones ‘especiales’ y otros subproductos cárnicos… bastante pocos por cierto.
        Pero lo que me impactó realmente en aquel una vez majestuoso lugar no fue la falta de productos, ni la falta de público. Lo que más me impactó en lugar, fue el casi completo estado de abandono de aquel recinto que una vez fuera lugar forzado de referencia para muchas tiendas en el país y yo me atrevería a asegurar que incluso en la región caribeña.
        Ya he hecho mención al hecho de que el lugar estaba completamente apagado. A esto tengo que agregar que no había ningún aparato de aire acondicionado funcionando y que ya por estas razones, permanecer allí se hacía verdaderamente frustrante. Era como una prueba de resistencia para todas las personas dentro de aquel lugar.
        Lo que más me impresionó fueron las malas condiciones de higiene imperantes en el lugar.
        El churre no sólo se puede ver a simple vista, sino que además se puede oler y sentir en las suelas de tus zapatos. Yo les aseguro que no hay una gota de exageración en mis palabras. Sólo me estoy limitando a describir lo que vi y viví en aquel lugar.
        En el área de ventas de dulces lo primero que se observa es una inmensa nube de moscas las cuales, además de ser las más ávidas comensales de aquellos ¿manjares?, son las dueñas del lugar. Ellas viven allí rodeadas del beneplácito de todos, posadas en cada uno de los alimentos en oferta los cuales se encuentran en lugares abiertos, no cubiertos y sin refrigeración, y a uno le da la impresión de que estos insectos, o son invisibles para el ojo humano cubano o simplemente han pasado a formar parte de lo que podríamos denominar EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA.
        Nadie parecía molesto ante esta realidad, a nadie le importaba la presencia de (al menos en otras latitudes) tan detestable bicho; ni siquiera los ávidos comensales se molestaban en espantarlas antes de llevarse los dulces a la boca. Nada, que el cuadro que estaba observando me parecía sencillamente mentira. Yo no estaba viendo lo que estaba mirando. Esto no estaba pasando. Yo debería estar soñando. Sencillamente no lo podía creer. Pero muy tristemente y muy a pesar mío… lo que estaba viendo era la fría y pura realidad.
        Pero esto no es todo. En otra sección del lugar hay un mostrador donde se ofertan helados, emparedados y refrescos. En esta región hay una sola empleada, la cual, a mano limpia manipula el dinero y los alimentos como si en el mundo no existieran las bacterias, los parásitos ni las enfermedades. Pero lo peor es ver como los clientes, consumidores o comensales sencillamente están tan acostumbrados a este estado de cosas que ni siquiera se preocupan o se percatan de la gravedad del asunto.
        Justamente detrás de este mostrador el piso se encuentra roto y desde afuera se puede apreciar el agua estancada en el lugar, sin mencionar que las paredes, las vitrinas y las máquinas de dispensar alimentos son, como se diría en el argot popular, “una bola de churre”.
        Por último quiero destacar que en casi todos los establecimientos que visité durante mi estancia en Cuba, más específicamente en La Habana y Matanzas, se repitió la misma película, aunque en honor a la verdad, en un poquito de menor grado.
        ¡Ah! Por favor no pidan agua fría en Cuba. Ya la gente, al menos los de los Di Tú, los Rápido, Habaguanex, el Zoológico de La Habana, el Acuario Nacional, la Isla del Coco, y otros muchos lugares de toda la geografía habanera, no tienen idea de lo que AGUA FRÍA significa, ¿ok?

         

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