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Una Mueca de Realismo Mágico

09 Ago

Sí, es realismo mágico. A veces más evidente, a veces menos. Pero la manera en que se vive dentro de esta Isla raya por momentos lo inverosímil, y uno necesita recordar que vive en una tierra de excepciones, burlescas o irónicas, crueles o tristísimas, donde todo es creíble de por sí.

Sucede que una amiga comprobó, recientemente, que para poder disfrutar en Cuba de ciertos artefactos necesita mostrar primero el pasaporte que le acredite como extranjera, o como cubana residente en el exterior. Durante su visita a uno de los hoteles de playa cálida y coco glasé que la mayoría de sus compatriotas no conoce jamás, aprendió la lección.

Iba del brazo de su esposo, un italiano con quien desde el 2004 contrajo matrimonio, y con el que (hasta hoy) vive legalmente en Cuba. De su mano iba alguien más: el pequeño Dimitri, hijo de ambos, de cuatro años de edad.

Obviamente: visitaba ese paraíso tropical ubicado en la provincia de Holguín gracias a los euros de su compañero sentimental. Mi amiga es Estomatóloga de profesión, licenciada con Título de Oro. Su esposo, un florentino de carisma excepcional, se ha ganado la vida lo mismo reparando ventanas de cristal en la Galería de los Oficios, que fungiendo como ayudante de albañilería. Palabras de su propia boca.

Ambos sabían que de nada sirve el nivel académico de ella si de pagarse disfrutes o alimentar bien a Dimitri se trata. (Yo creo saber también, con dolor, que sin los euros de él, probablemente el matrimonio tampoco hubiera existido jamás.) Pero el incidente les demostró que tenían cosas por aprender aún.

Maldita costumbre del florentino de creer en los placeres que, en su país, son harto corrientes. Porque en el instante de solicitar una de las veloces motos náuticas con que los cubanos vemos a los turistas deslizarse por sobre las olas de nuestras playas, comprendió una cruda realidad que George Orwell resumiría así: aunque el contrato del hotel diga que todos los huéspedes son iguales, hay huéspedes más iguales que otros.

El amable trabajador le solicitó, para entregarle el artefacto, los pasaportes de los tres. El suyo, y el de su esposa e hijo. Desconcertado, este le mostró las manillas que les acreditaban como huéspedes. El trabajador, paciente, se explicó:

– Solo los extranjeros, o los cubanos residentes en el exterior, pueden montar en equipos motorizados. Los cubanos tienen acceso a las bicicletas de playa, a las tablas de surf, pero no a nada que tenga motor.

En vano explicó el italiano (primero sosegado, después insultado) que desde hacía años él vivía en Cuba junto a su esposa, con el pequeño Dimitri, que qué sentido podría tener aquella reglamentación.

Por supuesto, el trabajador no tenía entre sus obligaciones laborales convencer al cliente de decisiones superiores. Es más: no debía ahondar en ellas, so pena de brindar información “sensible”. Así que sin más se colgó encima su sonrisa de empleado del turismo, y le pidió disculpas por las molestias causadas.

Los tres se miraron, azorados. El italiano y el niño de cuatro años (por contar con la doble nacionalidad de padre y madre) podrían surcar la playa encendida de sol encima de la moto, mientras la cubana debería contemplar el espectáculo desde la arena, quizás con un mojito en la mano, quizás con la rabia y la impotencia atenazándole la garganta.

Por supuesto, nada de eso ocurrió. Los tres regresaron a la piscina, a otras zonas menos restringidas del hotel. Pero entre ellos, un silencio plomizo volvía la circunstancia distinta. Para la pareja nada sería igual, nada volvería a ser verdadero disfrute luego de semejante humillación para la joven cubana.

Más tarde, comentando el suceso, alguien destapó la caja de Pandora. Un obrero temerario se atrevió a contarles el origen de la prohibición: Luego de permitir que los cubanos se hospedaran en hoteles antiguamente reservados sólo para turistas, sucedió lo inimaginable.

Un joven fornido puso a flotar una moto náutica en plena playa holguinera. Los bañistas le vieron apretar el acelerador. Lo que no vieron fue que, en algún punto de la playa, recogía a un compañero cargado con pertrechos de viaje, incluido un bidón de combustible, agua y comida, y partían rumbo al horizonte.

Fueron detenidos por guardacostas cubanos, kilómetros después. Sus destinos finales, sus sanciones, se desconocen. Lo que sí se sabe es que ambos enviaron un mensaje claro a los directivos del hotel, y desde luego, a los de todos los hoteles de Cuba: en un país sediento de libertad, los hombres son capaces de aprovechar la más mínima brecha. Triste, pero muy cierto.

Desde entonces, la directriz se trazó con firmeza. Los cubanos deben pagar el mismo importe que los foráneos para disfrutar de estos sitios de postal, no importa que las cifras sean cuasi imposibles para la inmensa mayoría. Tienen los mismos derechos, una vez dentro, que los turistas… excepto en el acceso a los motorizados para el mar.

Pobre país que necesita mancillar la moral de sus hijos para retenerlos en casa. Que necesita humillarlos, restarles valor, colgarles encima el San Benito de tránsfugas potenciales, porque no se puede confiar en las intenciones de un bañista con cara de inocencia. ¿Y por qué no se puede? Pues porque detrás del semblante apacible puede subyacer un alma necesitada de libertad, de independencia, que decidirá arriesgar su vida y echarse, como tantos otros hermanos, al inclemente mar.

Quiero creer que después de muchos cubalibres y de disfrutar la televisión por cable, mi amiga recuperó el talante y se entregó sin reservas a los placeres de aquel sitio. A pesar de todo, debía reconocerse como una elegida que, en sus merecidas vacaciones, hace algo más que vegetar ante telenovelas desgastadas, y cocinarse con la temperatura ambiente.

Pero me niego a aceptar que este país donde la realidad por momentos se parece demasiado a una mueca ficticia, sea el país que los cubanos en verdad nos merecemos, y por el cual tantos hombres de honor entregaron su sangre y su vocación.

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5 comentarios

Publicado por en agosto 9, 2010 en 02 Agosto

 

5 Respuestas a “Una Mueca de Realismo Mágico

  1. palantesiemprecubano

    agosto 9, 2010 at 1:52 pm

    Estimado Ernesto,
    Para tratar de comprender la “realidad” cubana es imprescindible estar familiarizado con Carpentier y su real-maravillo mundo, con Gabriel Garcia Marquez y sus escenas de dictadores de cualquier lugar del trópico, con Vargas Llosa y su genial festa del chivo. A esos ingredientes básicos le mezclas la suficiente cantidad de lecturas sobre Stalin y sus mátodos, las ideas de Goebbels y las restricciones a la sociedad civil impuestas por el Caudillo, en la España franquista; y quizás, quizás, aunque no es seguro, puedas entender qué ha sucedido en tu Isla en los últimos 50 años.

     
  2. cubanito_soy

    agosto 14, 2010 at 4:06 pm

    Y entonces..¿de qué propiedad social estamos hablando?, ciertamente solo queda virarse para donde nadie te vea, pobre cubano, y hacer como el chivo…¡¡¡COSAS Y CASOS DEL CABO CASON!!!!…..

     
  3. Julito el pescador

    octubre 13, 2010 at 4:06 pm

    Un amiga que se caso con uno de Barbados no pudo subir al catamaran con toda la familia por el mismo motivo. Lo facil que seria para evitar tales humillaciones y esa discriminacion tan abierta, el registrar a todos los que se montaran en el bote. Como una muchachita sola seria capaz de secuestrar un catamaran lleno de gente? Al caso del que alquilo la lancha solo y se fue aun no le veo otra solucion que la de interceptarlo en el mar. Es que el cubano aun no se ha emancipado, se le pueden hacer aun muchas cosas como esas.

     
  4. abelitin

    marzo 25, 2011 at 5:43 pm

    Ernesto,

    Un par de acotaciones a tu articulo:
    las actividades nauticas en la playa no son regidas/administradas por los hoteles. Es una empresa extrahotelera la que tiene que ver con eso (creo que Palmares, si mi memoria no me traiciona). Claro esta, esto no implica que lo que le sucedio a tu amiga (y a cientos mas) deje de ser aberrante. Semejante disposicion, venga de donde venga, no resulta facil de digerir.

    El ultimo comentario dejado por un lector menciona la negativa a otra cubana a subir a un catamaran. Pero te cuento mas: el acuario de Guardalavaca esta en medio de una Bahia (Naranjo), y para llegar ahi, como no sea nadando un par de kilometros, hay que tomar un pequenho bote (con capacidad para unas 15-20 personas) para un trayecto de 5 minutos. Pues bien, esto tambien esta vedado para los infelices cubanos, por el solo hecho de que hay que montarse en una lancha que, en el mejor de los casos, no llega ni a aguas internacionales, pues la mantienen con el combustible suficiente solo para su gestion.

    Pero seguro que te preguntas por que es esta disposicion. Pues es sencillisima, y te la digo, porque yo se que hay cosas que de tan delante de nuestras narices, a veces no las notamos: (pero primero te voy a decir como me “ilumine” con semejante explicacion):

    Resulta que el anho antes pasado, en una reunion con el mismisimo ministro de turismo (tambien-conocido-como Manuel Marrero Cruz, de origenes holguineros igual el por cierto) una colega se atrevio a “darme alante” preguntarle el por que de semejante privacion. Y de boca del propio ministro pudimos iluminarnos y enterarnos -que no entender- por que los cubanos no podiamos montarnos en un barco, como no fuera para ir de Regla a La Habana o de Batabano a Isla de Pinos:

    Pues la culpa de todo es por…

    ta-ta-ta-ta-ta-tan

    (no, no es del toti)…

    ta-ta-ta-ta-ta-tan

    (y para variar, tampoco del embargo)…

    ta-ta-ta-ta-ta-tan, ta-ta-ta-ta-ta-tan

    Es, nada mas y nada menos, que…

    ­¡¡¡DE LA LEY DE AJUSTE CUBANO!!!

    Si, senhor, el propio ministro nos aclaro quien era la bestia feroz detras de tanta humillacion. Y, por supuesto, despues de esa tarde, todos los afortunados que pudimos escuchar sus instructivas palabras hemos dormido mejor (por la cantidad de somniferos que nos hemos tenido que tomar para tratar de domar al cerebro y hacerlo olvidar semejante insulto a la inteligencia).

    En definitiva, que la yagua que esta pa’ uno…

    Un abrazo.

    P.S. Por cierto, no me explico como nunca me entere del incidente del ingenuo que pretendio atravesar el estrecho de la Florida en moto acuatica. (Pero que conste que no lo estoy desmintiendo).

     

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