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Pequeños Sueños

21 Jul


No pecaría de exagerado si dijera que el más persistente recuento que a mi edad he hecho, es precisamente el de las cosas que he dejado de hacer.

Una amiga, psicóloga de profesión, se lo atribuye a mi personalidad con rasgos obsesivos, pero yo me desentiendo de las categorías analíticas y más bien se lo achaco al efecto de una metáfora que yo mismo tuve el trabajo de confeccionarme: Al nacer, alguien (o algo) nos entrega en la mano una bolsa que en lugar de monedas, contiene años. El número exacto no lo sabemos. Solo sabemos que la bolsa carga con un número finito de años, y que cuando estos se acaben terminó nuestra existencia. Antes de soltarnos a la vida, ese alguien o algo nos dice: Inviértelos lo mejor que puedas. Con este mismo cuerpo y este mismo nombre no tendrás una segunda entrega.

Bueno, hay momentos en que uno decide pasar lista a sus anhelos. En mi caso, el pánico comienza cuando en la revisión dejo de marcar palomitas al lado de puntos importantes, porque siguen pendientes. O peor aún, porque ya caducaron y resultó imposible materializarlos.

¿O es que todavía estaré a tiempo para gastarme algún dinero en una pistola marciana con luces rojas y azules, y seis maneras distintas de disparar? Porque en el catálogo de los sueños perdidos, por ahí debería empezar a saldarme deudas.

No existió ritual de peticiones en el que, a mis siete años de edad, no pensara en un arma de juguete como aquella que un compañero de juegos guardaba como su bien más preciado. Lo mismo con una estrella fugaz que surcaba el cielo, una pestaña desprendida, o un hueso de pollo con forma de horqueta.

Aquella maravilla, traída a mi amigo por su padre desde la República Democrática Alemana, me llevó a profanar el ateísmo del hogar donde nací para implorarle al niño Jesús que se acordara de mis excelentes notas y se diera una vuelta por cierta tienda de la Alemania Socialista. Quizás, cuando se decidió a hacerlo por fin, ya el Muro había caído y el país era otro. Nunca logró encontrar la tienda.

También me pregunto: ¿tiene todavía sentido, si mi economía me lo permitiera (con el tiempo los sueños fueron incrementando su valor monetario) arreglármelas para adquirir un Nintendo en mi Cuba de Siglo XXI? No me refiero a uno de los artefactos modernos, muy dignos de Ray Bradbury o George Lucas, con los que se esfuman de la realidad los niños de hoy. No. Digo un Nintendo color crema, rectangular, con solo un mando y solo un cassette: Super Mario Bros.

Hasta la casa del único privilegiado del barrio me llegaba yo todos los días con la esperanza de que un repentino deseo de orinar o la obligación del almuerzo sacaran de su asiento al dueño de un Nintendo que, cuando el Período Especial hizo su macabra aparición, sería mucho más que un juego. Ni el pater profesor de secundaria, ni la mater dependienta de una bodega competían con aquel Nintendo salvador, regalado al niño por un tío cubanoamericano: a cinco pesos la hora, Super Mario dio de comer a toda una familia durante largo tiempo.

Juro por mi madre que gracias a la mata de uvas que daba sombra a la placa de mi casa, pude sustituir con regularidad la falta de los cinco pesos, y manejar por primera vez al personajillo bigotudo, hoy universal, que saltaba sobre tortugas y rescataba princesas. El país se nos moría de hambre; mis padres, como tantos, sufrían la miseria más fea y demencial, pero a mis once ingenuos años, la felicidad se resumía a un Nintendo que, con todo y mis insistentes plegarias, jamás llegó hasta mi hogar.

Si el niño Jesús no consiguió satisfacerme algunos pedidos, sustituyó valores y a cambio me envió la adolescencia. Por fortuna, para un adolescente que destilaba hormonas, bastaba con un remendado balón de basket y alguna chica de pronunciadas caderas que decidiera iniciarlo en el arte de amar. Y eso, en mi Cuba del año 2000, sí se podía encontrar con mucha facilidad. El proveedor tenía un nombre incluso. Se llamaba Preuniversitario.

Pero como la felicidad nunca es completa, también en el Preuniversitario, además de manzanilleras abultadas, conocí mi más persistente obsesión, hasta hoy, y con esta se renovaron los sueños con una intensidad crónica. Se llamó Literatura. Aun cuando desde la infancia sentí el flechazo por los libros, mi adolescencia me lanzó de bruces a una pasión literaria que no sé qué me ha aportado más, si vocabulario o sueños incumplidos.

Porque cuando recuerdo que Julio Cortázar murió sin que yo pudiera conocerle (lo hizo justo en el año de yo nacer), ahí me tranquilizo ante lo imposible. Pero cuando miro que recién dejaron de respirar el americano Salinger y el portugués Saramago; cuando pienso en la irreparable montaña de libros a la que desde este mi país de cercos no tengo acceso; y cuando advierto que mi escritor paradigma desde hace mucho, Mario Vargas Llosa, ya tiene unos amenazadores setenta y cuatro años sin que yo guarde siquiera un libro suyo autografiado, no puedo menos que desesperarme y sentir que muchos de los años de mi bolsa van languideciendo sin ser invertidos como yo quisiera.

Debo ser honesto: el desenfado con que hablo de estas cosas no se corresponde con lo que en verdad para mí significan. Creo que jamás hablamos con un tono más intrascendente como cuando lo hacemos sobre las cosas que en verdad nos afectan. Por mi parte, no he conseguido resignarme a tener pendientes tantos sueños rotos. Me pesan en los hombros como almas sin paz. Y más que todo: no me he resignado a seguir teniendo como imposibles aquello que para muchos, en medio mundo, son rutinas o cosas demasiado fáciles de alcanzar.

Dentro de cuatro días cumpliré veintiséis años. Sigo sin marcar la palomita al lado de pequeños sueños como asistir a un concierto de Metallica, conocer los rascacielos de New York, cruzar al menos dos (ojalá más de dos) palabras con el peruano Vargas Llosa, o disfrutar de un partido de Leo Messi en el Camp Nou. Sigo sin viajar por el mundo, la principal necesidad que desde los libros se me ha prendido en la mente. Pequeños, superficiales sueños. Yo, como el trovador Carlos Varela, bien sé que esas no son grandes cosas. Pero son algunos de mis sueños. Esos pequeños sueños que también me ayudan a vivir.

Quiero prometer a los lectores de este escrito que, cuando algún día pueda ser verdadero dueño de mi destino, no vacilaré en empezar a saldarme cuentas como justo pago por las cosas que (duro admitirlo) por veintiséis años mi Isla caribeña me ha impedido materializar. Quizás comience por comprarme una pistola marciana con seis maneras distintas de disparar. Aunque solo sea para provocarle risa a un hijo o sobrino que, estupefacto, responderá a mi reto con su super escopeta de láser polifónico, o Dios sabe qué cosas más.

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4 comentarios

Publicado por en julio 21, 2010 en 01 Julio

 

4 Respuestas a “Pequeños Sueños

  1. palantesiemprecubano

    julio 21, 2010 at 4:08 pm

    Estimado Ernesto,
    Desde que llegué a tu sitio por un enlace del de Yoani me he convertido en un asiduo. Más que periodismo diario y noticioso, tu prosa es de investigación y de fondo. Para los pocos años que llevas en el oficio, -dato que concluyo por tu edad y los de trabajo que reportas, y la anémica información que debes poseer sobre el mundo que nos rodea; tus escritos son realmente geniales.
    No te quedes solamente en lo socio-político, échate a volar con la mejor literatura, que talento tienes para eso.
    Hace mucho tiempo que necesitamos un buen escritor cubano que no sea del exilio. En cierta ocasión le preguntaronn a Padura el por qué la sequía de grandes obras en la época actual y la respuesta fue genial; el cubano siempre quiere hacer la obra definitiva, la que perdurará, el Quijote; pero al no tener la seguridad de estar preparando esa obra monumental, se inhibe. La única recomendación que dió fue ESCRIBAN, ESCRIBAN siempre.
    Esa es mi recomendación, no dejes de hacerlo que el talento está, sólo más oficio.
    No ofensa lo de anémica información, esa enfermedad es común de todos los que viven en un régimen que no les deja acceso a las fuentes de información. Si algún día sales de la Matrix Tropical me vas a entender.
    Saludos

     
  2. delamanodelhermano

    julio 21, 2010 at 9:15 pm

    Indiscutiblemente este es el post que mas he disfrutado. Puede ser porque es el mas personal, donde se conoce al Ernesto que eres, humilde, apasionado, muy firme en lo que crees pero a la vez sencible, y sobre todo… un Ernesto soñador. Veras que muy pronto podras materializar todos tus sueños y tendras la libertad de crear nuevos, sin temor a no poder marcarlo con una palomita al lado. Te lo mereces.

     
  3. Kike

    julio 22, 2010 at 8:01 pm

    Creo que, por el momento, este también es el post que mas he disfrutado, hermano Ernesto. Todavía recuerdo las cervezas en Bayamo y la cháchara agradable junto a May…. del post, bueno, me remontaste a mi infancia cuando le daba guayabas a un vecinito para que me diera una vueltecita en la bici, o cuando una niña ojiverde me decía “tú no tienes juguetes” y yo la odiaba porque tuve muchas espadas y cascos, camiones, pero siempre creí merecer un poco más. Tampoco tuve nintendo, ni attari (¿se escribe así?), ni algo que se parezca, vine a jugar digger o super mario ahora de “grande” en un joven club de computación. Quisiera poder visitar un dia la Isla de Juan Fernández, al lado de Chile, el lugar donde estuvo el marino que inspiró a Dafoe para escribir “Robinson Crusoe”, y espero que no sea un sueño roto, como tampoco ir a un concierto de Van Van, tener un VW o aupar una bebé que, todavía, no existe. Brindo por la esperanza y porque Dios nos ayude a hacer realidad esas pequeñas aspiraciones, probables y merecidas. Un abrazo desde Vertientes, Camagüey.

     
  4. jorge

    septiembre 28, 2010 at 11:25 pm

    sabes ernesto que todos los cubanos nacidos despues de 59 tuvimos esas palomitas sin tachar,yo soy mayor que tu 20años y en mi epoca no existian los nintendo,yo me comi el primer ciclek a los 15 años porque me lo regalo un mexicano que fue a jugar polo acuatico a bayamo,todos los cubanos tenemos nuestra historia de carencias y por ende momentos de tristezas,pero sabes una cosa?tu tienes una guerra ganada y no te has dado cuenta,la guerra del tiempo,todos esos que estan en el poder por ley de dios se moriran primero que tu,te queda mucho tiempo de vida,creeme que podras marcar todas las palomitas te lo aseguro,me tocaste el corazon con este blog,un abrazo hermano tus sueños seran realidad

     

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