Desde sus Olimpos literarios, cuando ya habían rendido al mundo lector con sus ficciones tremendas, Borges, Monterroso, Quiroga, Bukowski, escribieron decálogos para jóvenes escritores. Decálogos como sutiles advertencias, quizás.
Otros, no conformes con la brevedad, se lo tomaron más en serio: Rainer María Rilke publicó sus “Cartas a un joven poeta”, y Mario Vargas Llosa, equilibrando géneros, sus “Cartas a un joven novelista”.
Yo comparto con ellos sólo un aspecto: la enfermedad de la escritura. No tengo Olimpo ganado, aunque sí descaradamente deseado. Pero en algo les aventajo: esos señores de inmortalidad merecida (exceptuando el reciente Premio Nobel) jamás conocieron la palabra blog. Ni siquiera un alucinado como Ray Bradbury pudo entrever un futuro de espacios digitales donde publicar con libertad endemoniada.
Por eso hoy he querido perpetuar la tradición. Esta vez, esbozando un decálogo que, lamentablemente, adolece de universalidad: he querido dedicarlo a un posible bloguero cubano que quizás, en este preciso segundo, valora la posibilidad de abrir su bitácora desafiante.


