Con solo un click pulsado por su santo dedo, se encendió a doscientos veinte kilómetros de su santa habitación el árbol de navidad más colosal del santo mundo. Dicho por el Libro Guinness: el árbol que ocupa 750 metros de la ladera de Gubbio ya es un récord. Y ese árbol, lo prendió Benedicto XVI, desde Roma, con una Sony Tablet de 500 dólares.
Miles de ingenieros lectores podrían explicar lo que para mí es un misterio: cómo se implementa un mecanismo que, vía satélite, encienda bombillos a distancia con solo pulsar un botón de la tabla electrónica. Pero algo sí sabe mi sentido común: ese mecanismo cuesta mucho. En mayúsculas.
Su Santidad vio el resultado de su click a través de un moderno televisor LCD de muchas pulgadas. Quizás vio la imagen y pensó para sus adentros: “A estas alturas, hacer milagros es un poco más fácil”.
Si cambiaba de canal y ponía alguna de las cámaras del Vaticano, podía ver, también, el árbol de Navidad que exige el frontón de la Casa de Dios, a inaugurarse el próximo día 16: un abeto de 5.6 metros de alto, traído de la región ucraniana de Zarkapattia y ornamentado con 2.500 figuras de oro y plata.
Lo más fascinante no es esto. Es lo que había pasado tres días antes, el 4 de diciembre último, desde su mismo balcón de cara a la Plaza de San Pedro: el Santo Padre exhortó a sus fieles a practicar la austeridad navideña.
Durante el rezo del Ángelus, Joseph Ratzinger precisó que el Señor, “de rico que era se hizo pobre por vosotros, para que vosotros os hicierais ricos a través de su pobreza”, y recordó al humilde Juan Bautista, a quien el propio Jesús admiraba por sobre aquellos que “vivían en palacios de reyes y vestían trajes de lujo”.
Cuando el absurdo es demasiado grotesco, hay una sola reacción: el silencio. Quizás un poco de introspección. Por mi parte, solo me atrevería a pedirles algo a los asesores –o como santamente se les llame- de Benedicto XVI en estos días plegaria y regocijo: que le digan al Sumo Pontífice, si finalmente va a Cuba en marzo del año entrante, que una buena idea sería vender la Sony Tablet antes.
Ya sé que los diezmos solo van de los fieles a la Iglesia, nunca a la inversa, pero con 500 dólares podría dar de comer a demasiadas bocas de los míos, y para esa fecha habrá pasado ya la Navidad 2.0.









