A la ya hirviente caldera que aguardaba a Benedicto XVI en la Isla tropical que visitará en marzo próximo acaba de sumársele otro ingrediente definitivo: una muerte demasiado posible. Lamentablemente probable.
Si complejo era pisar un suelo mexicano donde, según cifras oficiales, 47 mil 515 personas han perdido la vida desde que en 2006 Felipe Calderón le declarara la guerra al narcotráfico, al menos el Papa tenía una realidad como asueto: se trata de una democracia. Y en las democracias, lo mismo se puede rezar por las víctimas, que llamar a la paz, que criticar al presidente de turno. Sin mayores complicaciones.
Otro gallo canta cuando la visita papal llega a tierras de dictadores. Ahí el mundo afina los oídos, alista los ojos, husmea, cuestiona, y observa el santo proceder con interés de feria. Y Su Santidad sabe que aquello que diga o deje de decir será urgentemente utilizado por los dictadores, o por los detractores de estos.


