
Durante el rodaje de "Soy la Otra Cuba": Pierantonio Maria Micciarelli junto al camarógrafo Luca Acerno. Foto: Leopoldo Caggiano.
Después de retocar su obra en la patria italiana, nuestro hombre en La Habana aterrizó en Miami. Lo hizo precedido por un gran augurio: la censura. El mejor antecedente para despertar interés. Un realizador cuya última obra había sido rechazada por todos y cada uno de los festivales europeos donde pretendió exponerla.
Probó en pequeños certámenes: no fue admitido. Probó en grandes certámenes: el Festival de Venecia miró hacia otra parte. “Soy la otra Cuba” no encontró una grieta para enseñarse al público europeo.
Otra lección más para el quijotesco director Pierantonio Maria Micciarelli y sus dos productores, Leopoldo Caggiano y Luca Acerno, después de los siete mil kilómetros que recorrieron en la geografía cubana: la Isla que ellos mostraban en su obra de 84 minutos, no era la que demasiados ojos del Viejo Continente querían ver.

Pierantonio Maria MicciarellI: un personaje extravagante en otra Cuba que no soñó. Foto: Leopoldo Caggiano.
Cuba, por dictamen de trasnochadas e influyentes izquierdas, debe saber a coco glacé, debe sonar a timba, debe verse con caderas cimbreantes, y debe inspirar felicidad. El panorama desencantado que “Soy la otra Cuba” les lanzaba al rostro, era un aguafiestas para el concierto general.
Pierantonio Maria Micciarelli, con su extravagante imagen de personaje surrealista, su mirada al mismo tiempo incisiva y enamorada de un país soñado, y con un equipo de filmadores kamikazes que quizás no medían el tamaño de los riesgos que enfrentarían, consiguieron con su documental algo acertadamente dramático: recordarnos que esa Cuba de sueños rotos, de utopías traicionadas, es dolorosa por necesidad.


