El procedimiento era simple. Muy simple. Buscabas un cartón y pintabas en él una frase contra el Gobierno. Te lo colgabas al cuello y salías a la calle. Como en los Reality donde un hombre se desnuda y sale a la luz del día en cueros, y su desafío es llegar a una meta determinada sin que los agentes del orden le detengan. Bueno, aquí no pasarías de un par de cuadras con un cartel colgado al cuello.
También podías optar por elegir un muro de la ciudad y aparecerte delante de él, con una lata de pintura en la mano, y decorarlo con una de estas frases traviesas en contra de Fidel Castro o su hermano Raúl, del Partido Comunista, el sistema, o algo por esa línea. Podías estar seguro: de esta forma, antes de que hubieras terminado la última palabra sentirías detrás de ti dos o tres frenazos secos, y después el metal frío de las esposas en tus manos.





