Casi me atrevería a pedirles a los lectores habituales de este blog, que lo abandonaran esta vez. Que no leyeran un post que no va dirigido a ellos: un post que no tiene como destinatarios a los demócratas, los agudos, los bienpensantes. No va para los lectores que prestigian este espacio, y para quienes durante casi un año he escrito textos con altas pretensiones (la falsa modestia no me impide decirlo), donde he revisado cada oración, cada metáfora, cada idea con rigor de obseso.
Esta vez, es distinto. Me urge una respuesta clara y sin ambages. Y una respuesta algo temperamental, para no desentonar con mi carácter de latino irredento.
Hace algunos meses apareció en este espacio una respuesta destinada a los “segurosos” de mi país. A los canes del poder que pretendieron chantajearme, empleando todos los métodos a su alcance para evitar que desde mi casa en Parada 204 siguiera escribiendo con la pasión de quien se sabe libre.
Ahora les respondo a otros represores, a otros canes… aunque estos sin poder. Les dedico estas palabras a los pobres trogloditas que deambulan por la urbe magnífica que es Miami, y que a pesar de ellos, a pesar de los esfuerzos denodados de ellos, no termina de mancharse ni de perder su condición de mítica ciudad.


