Pocas intelectualidades más timoratas que la cubana deben haber existido en la historia del arte y el pensamiento contemporáneo. Pocas intelectualidades con semejante piel de tornasol, que cambia divertidamente de tono y matiz según la luz le pase por encima.
En estos días en que un nombre monumental en el arte cubano acaba de padecer los inagotables frutos de la intolerancia, del militarismo ideológico, se me ocurre preguntar dónde están aquellos intelectuales comprometidos no sólo con su sociedad, sino con los destinos del arte mismo a través de sus cultores.
La nueva defenestración de Pedro Pablo Oliva, su hermoso y transparente pronunciamiento, y el silencio sepulcral de aquellos a quienes el peso de sus títulos obligaría a tomar partido, presentan un nuevo escenario para que los intelectuales de la Isla luzcan su pálida condición.





