
Pocos países aventajan a Cuba en la producción diaria de malas noticias. Es una realidad dolorosa, que me gustaría desconocer, pero muy cierta: nos hemos convertido en competentes exportadores de noticias desagradables, sólo superados por un puñadito de naciones.
Tan es así, que más de un canal de televisión, más de un periódico del mundo, sostienen sus actualidades noticiosas gracias a Cuba y sus desafueros. Y ya sabemos que las buenas noticias del mundo no son las que llenan programaciones y columnas de opinión.
Cuando pisé suelo estadounidense, por ejemplo, casi de inmediato los diligentes productores de malas noticias me enviaron mi dosis correspondiente: le suspendieron a mi madre la cuenta de correo electrónico que mantenía por su desempeño profesional en una escuela de medicina.
Huelga decir que su incomunicación conmigo era, de momento, un arma eficaz para castigarme por mi actitud inaceptable.
En lo adelante he aprendido que las cuatro letras que dan nombre a mi país, vistas en titulares o pronunciadas por alguien que regresa de su viaje tropical, rara vez contienen algo como no sean carencias repetidas, despidos camuflados, represiones, prohibiciones, estrategias de nunca acabar.


