De repente me vi como el asesino ante una posible víctima: dubitante, valorando la posibilidad, sopesando pros y contras. Como un criminal inexperto que advierte su intención de cometer el acto, pero que no se atreve del todo. Quizás lo único distinto, en mi caso, era el cuerpo mismo del delito.
Yo no tenía intenciones de arrancarle la vida a nadie, o robarle su dinero o sus prendas. Yo sólo tenía en la mano un libro, un crujiente y provocativo libro cuyo precio sencillamente no podía pagar.
Pongo en perspectiva a los lectores: sentado en la segunda planta de una librería cuyo nombre, por elemental sentido común, prefiero suprimir. (No quisiera que en lo adelante, este relato me agenciara el título de huésped sospechoso en un sitio al que pretendo convertir en mi segundo hogar).
Desde mi puesto en la mesa color caoba, un brazo apoyado en la baranda, percibía con privilegio el fascinante panorama de lectores compradores, estudiantes con tareas a medio hacer, silencioso colorido de libros innumerables. Contemplaba de paso la inmensa pintura que decora el techo bien iluminado con algunos de los rostros más célebres de la literatura universal: Fitgerald, Rimbaud, Wilde.





