Hoy, cuando debería publicar la última parte de mis textos sobre el periodismo cubano, una imposibilidad emocional me corta la intención. Porque hablar en este instante de otra cosa que no sea el paisaje lamentable que advierto en la ciudad del Himno, la atmósfera contaminada de dolor que cae hoy sobre este Bayamo de verano encendido, es traicionar la esencia cronista de mi blog.
La pequeña ciudad que habito está cubierta de gris. Un gris de hierro, de violencia. Es una ciudad atemorizada y expectante, cuyos nervios desde hace mucho no han conocido la paz.
Todo empezó con una muerte.
Como siempre, una muerte imposible de aceptar. Esta, menos que ninguna: la muerte de una niña de 13 años de edad.
Su cuerpecito fue encontrado entre arbustos, lacerado por los días, los insectos y la descomposición, un par de meses atrás. Una pequeña prostituta que murió en una habitación rentada, víctima de la sobredosis de droga que un turista italiano le hizo consumir.
Su historia sacudió a todos los seres de bien en esta ciudad. Nos dolió, nos duele, a quienes por sobre todo tenemos al humanismo como premisa de vida y comportamiento. Su destino (transportada en un auto, a medianoche, abandonada por el turista y cómplices cubanos a merced de perros carroñeros y buitres en ciertos parajes desolados) nos llenó de espanto al conocer, sobre todo, su corta edad.








